Un mes puede variar de tiempo según la aguja que lo acaricie y la persona que lo viva. Un mes significan veintiocho, treinta o treinta y un días. Puede pasar rápido con la dulce letanía de los placeres escurriéndose en nuestro cuerpo y mente, o terriblemente lento con la continua monotonía de las horas intempestivas taladrando nuestro tedio.
Pero un mes para mi... no significo nada.
Lo único que hice en ese tiempo fue abandonarme a mi misma y recoger cuidadosamente pequeños recuerdos de las conversaciones y momentos con él; poco a poco, como hice antes con toda mi vida.
Las horas esperadas y las tardes más odiadas. La calidez de sus palabras y las promesas realizadas. Había almacenado todo eso en mi memoria.
Imaginaba el olor que desprendía su almohada, su voz cantarina en sus noches de borrachera y su sonrisa a primera hora de la mañana.
Los silencios fueron los más intensos, no había nada que imaginar en ellos, eran claros y continuos, era una música constante, espesa y profunda que siempre llevaba conmigo. Me impedían evadirme, jamás nadie podía arrancar esos silencios silencios que me envolvían.
Un mes. Un mes fue el tiempo que tardé en volverme loca.
